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24/08/2017

DE LUTO

Dejar, partir, despedirnos, duele. No hay manera de saltarnos esa fase del proceso. Por eso se llama «duelo». Y las circunstancias en la que nos toca asumir esa experiencia, que en principio vivimos como una pérdida irreparable, es el ingrediente que hará más o menos traumática la cicatriz que marcará nuestra existencia.

Perder siendo niños, cuando nos falta experiencia para comprender los matices de una separación (a veces definitiva) y dientes fuertes para masticar las circunstancias propias del duelo,  puede ser una experiencia desoladora que querremos negar porque la vivimos como un abandono, y pese a que contamos con el apoyo de los adultos para procesar la aflicción por la ausencia, resulta un proceso lento que requiere de paciencia y cuido. En la adolescencia, esa fase de la vida en donde sentimos que no encajamos y que pocos nos comprenden, contamos con la rabia (a veces manejada con indiferencia) y con unos dientes quizá excesivamente afilados para manejar el luto. Pero muchas veces esa rabia legítima por sentirnos «amputados» de lo que amamos, podría no encontrar asidero. No siempre existe un responsable o alguien a quién señalar por nuestro pesar. Entonces podríamos salpicar nuestra frustración hacia quienes nos rodean o hacia nosotros mismos haciéndonos mucho daño. El camino hacia la aceptación del dolor por el vacío que deja lo amado, toma tiempo. Siendo adultos los duelos pueden vivirse como cargas muy pesadas, pues aunque se supone que estamos más preparados, las responsabilidades y la incertidumbre ante lo que no podemos controlar, se suman al pesar, a la rabia, y el miedo nos abruma. Sucede que cuando somos adultos y perdemos, nuestro niño desolado y nuestro adolescente furioso que habitan dormidos dentro de nosotros, podrían despertar. Y mientras nos vemos forzados a encargarnos de asuntos cotidianos, puede que tengamos que lidiar con estos dos aspectos internos que nos desestabilizan y exigen nuestra comprensión, paciencia y cuido, para descifrar la naturaleza de nuestra pérdida.

No importa lo que perdamos. Si ello involucra un vínculo afectivo, el dolor es el mismo. No hay dimensiones para el dolor, no hay «dolorcitos» o «dolorsotes». El dolor es dolor, punto.

Puede ser tan devastador perder un pajarito al que cuidamos durante años, como perder a un amigo, a un padre o a un hijo. Perder la salud, el trabajo, una relación, la juventud, la seguridad, un ideal, nuestro país… es la misma pena. Es una muerte que necesitamos llorar. La pérdida nos sumerge en una experiencia de profunda tristeza y puede incidir dramáticamente en nuestro ánimo hasta acabar con nuestros recursos de brega.

Entonces, las diferentes estaciones por las que necesitamos transitar para que no nos dejemos tomar por la depresión, pueden ser la de ese niño cuyo recurso más cercano es negar lo sucedido, algo así como taparse los ojos para que el monstruo del dolor no lo vea, la de ese adolescente impotente que apuesta a su ira sin dirección clara, para finalmente arribar a la de ese adulto, que apelando a su padre o madre nutritivos, puede negociar para seguir moviéndose. En definitiva, la de ese ser humano que necesita procesar su abatimiento, aceptar los aprendizajes propios del duelo y crecer.

Imaginemos un velorio al que nos neguemos a asistir creyendo que al no estar allí, el cadáver dejará de serlo. O al que acudamos, pero usemos toda nuestra fuerza vital para evitar que ese ser que hemos amado, sea cremado. No podremos impedir que se descomponga, no podremos conseguir que reviva, necesitamos dejarlo partir.

Cada fase del duelo requiere de cuidado, de respeto y de atención. Echar tierra sobre las pérdidas no es el mejor camino, porque siempre quedarán allí, respirando bajo esa tierra y pulsando por salir hacia la superficie. Cerrar, despedirnos, es vital para nuestra sanidad emocional y psicológica. Y cada adiós negado, es una muerte insepulta y un recomienzo, pospuesto.

Así que llora, llora tanto como necesites, llora porque te duele, y porque cada lágrima que derrames, honra el amor de quien ahora no está contigo.

Y llora, porque cuando lloras, dejas ir y  sanas tu herida.

Victoria Robert

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